TEXTO / RESEÑA

Valeria Rovatti 


La cuchilla y el aliento.
Notas sobre una poética que se mueve.

Hay escrituras que avanzan como quien tantea la tierra antes de pisarla. No para asegurarse un camino, sino para no olvidar que cada paso altera el monte que las sostiene. Editar los poemas de Amanda Bisciotti fue asistir a ese gesto minúsculo —una respiración que decide hacerse forma— antes de que exista un libro. Lo que aparece es apenas un borde: la fricción entre lengua y territorio, una tensión que no pide claridad sino escucha.

Los tres fanzines nacieron así: no como publicaciones sino como interrupciones. 
Cortes pequeños en la superficie del lenguaje. Una cuchilla que no hiere, sino que abre una zona donde el guaraní —esa lengua que insiste y se esconde, que muerde cuando no puede decir— vuelve a circular sin necesidad de ser explicado. ¿Cómo sostener el ritmo del corte, acompañar el movimiento interno de la voz? La tierra respiraba. Porque Amanda escribe con aire. No como metáfora: literalmente con aire.

Descubrí que su lectura en voz alta generaba una coreografía que el texto solo no podía contener. Había un modo de inhalar que acomodaba el paisaje; un modo de exhalar que levantaba una memoria de polvo familiar; un modo de cortar la frase que ordenaba aquello que, en la historia de su linaje, había sido borrado. Su poesía no se despliega en versos: se expande en un cuerpo que recuerda antes de comprender. La respiración es su primera herramienta de archivo. Cada poema respira distinto y, por eso, cada lectura altera el tiempo.
La pregunta no es qué cuenta Amanda, sino cómo se mueve mientras lo dice.

Circula así un tejido entero de fuerzas: objetos, ríos, abuelas, silencios, insectos, prohibiciones, piedras que alguna vez fueron pronunciables. Su escritura contiene lo que falta, y ese faltante tiene la densidad de un acontecimiento. En sus poemas, el vacío no es un hueco: es una decisión política, un modo de exponer la violencia histórica sin reproducirla, un modo de dejar que la lengua perdida siga respirando aunque no aparezca completa.

Escribir como quien escucha una respiración que viene de atrás.
Acompañar y sostener un movimiento que todavía no sabe adónde va.

En ese sentido, estos fanzines trabajan sobre la temporalidad propia de la voz: sobre cómo un poema puede sostener un compás de espera; cómo el cuerpo puede hacer lugar para que aparezca lo que falta; cómo el silencio se vuelve un territorio tan material como el litoral mismo. 

La edición fue un ensayo sobre la oralidad como coreografía, sobre el modo en que la memoria se activa cuando la garganta decide interrumpir.

MZ piensa la práctica sobre tiempo, lugar y acción. Amanda desplazó esos ejes hacia otro registro:
Para cortar hay que tensar. Para tensar hay que escuchar. Para escuchar hay que quedarnos quietas lo suficiente como para que la lengua revele dónde duele.

Las 3 publicaciones que ahora cerramos son apenas antecedentes de un libro que viene —ese libro en suspenso que anuncia su propia aparición— no será una compilación de poemas: será el registro de un movimiento, una práctica que devuelve al lenguaje su dimensión física, vibratoria, encarnada. 

Quizás sea eso: que Amanda no escribe para recuperar una lengua, sino para recuperar una manera de moverse. Que su escritura es una exhalación larga antes del próximo corte. Que su identidad no se define por lo que sabe, sino por aquello que el cuerpo reconoce. 





TEXTO / RESEÑA

Ale Veglio 


Muestra de Amanda Bisciotti en el marco de la clínica para artistas Brillo Bruma 2025.
coordinación y texto: Ale Veglio


“En su libro “Dice la Lluvia”* escrito a partir de una serie de viajes al litoral, Amanda Bisciotti teje poemas, como si fueran hilos del ñandutí, en los que va ligando lengua, cuerpo y naturaleza. Aparecen así, orígenes guaraníes, denuncias ambientales, testimonios.
En ese proceso de escritura y viajes, que dura 10 años, aparecen objetos, videos, voces grabadas, gestos, sonidos, imágenes que insisten en formar parte de la lectura, tener su propia voz, desplegarse desde el cuerpo. 
Surge así este performance?, acontecimiento? en el que la emocionalidad de las palabras, la voz poética-nieta, se entrama con la energía de la materialidad de los objetos. 
Poema-piedra, poema-tejido, poema-mimbre. Alquimia de palabras que se revisten de espesura.
Así, en la lectura de sus poemas se respira el espíritu vivo de una lengua perdida que nos sumerge en la emocionalidad y en una temporalidad extra cotidiana que nos deja –paradójicamente- sin palabras, en silencio, respirando monte.”

{En Brillo Bruma realizó una primera prueba de su obra proceso} 
*Dice la lluvia aún no fue publicado. Encuentran algunos poemas como adelanto en una serie de fanzines por Márquez Editora 2024




TEXTO / RESEÑA

Tamara Alegre


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    ¿Qué nos dice la lluvia? nos habla de un recorrido profundo, de viajes y búsquedas, donde la pregunta insistente sobre el origen, sobre quién soy - quiénes somos, a modo de pregunta antropológica, se construye y se expresa desde el litoral argentino.

    Escribo desde Corrientes, lugar donde conocí a Amanda. Había sido, éramos dos nietas buscando su guaraní.

    Encontramos en la etnografía “Entiendo pero no hablo” de Carolina Gandulfo (2007) las primeras respuestas sobre cómo operó el discurso de la prohibición del guaraní en nuestras familias. Somos una generación testigo de cómo se actualiza aún en tiempos de mayor valorización y visibilización, y a la vez, a quienes el guaraní insiste como pregunta, como deseo, como vínculo que nos liga a un colectivo más amplio y heterogéneo en las mismas búsquedas.  

    Gandulfo preguntaría ¿dónde vemos la persistencia del guaraní? la vi en las palabras tejidas de Amanda. Su biografía lingüística aparece como un ñanduti que anuda situaciones, voces, memorias y territorios. Cual etnografía encarnada, describe cómo siente propia una lengua "que no es suya" pero que a la vez habita su cuerpo, sus sueños, su canto, su danza, su relación con el paisaje.
     Cada tanto, insistente, aparece la abuela, y con ella, la nieta deseosa de recuperar lo suyo, de re-posicionarse étnica e identitariamente.

    Me gusta pensar que estos poemas son para las abuelas, hijas y nietas que / como Amanda / como yo / como tantas más / buscan su guaraní.



TEXTO / RESEÑA

Alejandro Méndez 


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    ¿Qué pasa cuando dejamos que las cosas del mundo se manifiesten en su visibilidad y simultáneamente en su inmanencia se vuelvan invisibles?
     ¿Qué tiene el monte, qué tienen los ríos, qué palabras fueron prohibidas? Salvar una lengua para salvar a todas. Okañy, Amandaye, Ñandutí. Preservar el archipiélago del lenguaje, su ecosistema lírico y fundante.
     En estos poemas Amanda Bisciotti trazó un camino inestable, dibujó una semilla girando en el aire, soltó algunas piedras para que sean guías, imaginó un sendero que se fuga, construido con versos y lapachos blancos. 
    Una cuchilla. 
    Crece entre la maleza algo salvaje que despunta en el brillo inesperado del estero.
    No se trata del espacio abstracto, la fría idea de un lugar; sino de un territorio que se define en el movimiento. Ni puntos, ni mojones; tenemos un camino, una red de caminantes y sus azarosas intersecciones. Los lugares son como nudos y esos nudos puntos de encuentro donde se renuevan conversaciones perdidas.
    Antes, mucho antes que un estilo hubo una visión que impregnó cada surco de la hoja y diseñó en el aire, por obra y gracia de la imaginación, el florecimiento desbordante. No brilló por la previsible fertilidad sino por la fe, ese límpido engarce del espíritu como espada que corta y enaltece.
    Lectores, anímense a entrar porque todo está dispuesto para que circulen las voces, los ojos y, en especial los corazones. El ritmo les va a situar entre las cosas, en ese entre -refugio y posta de relevo- está el trote encabalgado de lo que se mueve y nace como poesía.